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viernes, 9 de diciembre de 2011

Viaje al siglo XX: Deineka y el realismo socialista (2)

El artista plástico Aleksandr Deineka nació en la ciudad rusa de Kursk en 1899, es decir que sus setenta años de vida transcurrieron prácticamente todos en el siglo XX y en el país de la revolución bolchevique de 1917, en cuya capital, Moscú, murió en 1969. Fue, en consecuencia, testigo y protagonista de casi todas las etapas del proceso soviético, desde el estallido de la Revolución de Octubre hasta los años del deshielo y la desestalinización de Nikita Jruschióv y la era de Bréznev; pero los períodos significativos de su actividad como ilustrador y pintor podrían sintetizarse en dos: juventud revolucionaria en los años veinte y madurez pictórica en los treinta y comienzos de los cuarenta.

La primera etapa de su formación, una vez finalizada la guerra civil –en la que participó como soldado del Ejército Rojo en la defensa de su ciudad natal— se desarrolló en contacto con las instituciones y grupos de la vanguardia constructivista, aunque unos años más tarde, en 1925, fue uno de los fundadores de la Asociación de Pintores de Caballete, que aspiraba a reflejar los cambios de la vida soviética a través de nuevas formas de expresión figurativa.

Pero fue en la década del treinta, antes y después de que en 1934 el estalinismo adoptara como doctrina artística oficial el “realismo socialista”, que las potencialidades de Deineka como artista alcanzaron una plenitud ambigua, de significaciones diversas, que lo convirtieron en uno de los creadores más destacados de la URSS.  Tanto de una como de otra etapa da cuenta la excelente exposición Aleksandr Deineka, una vanguardia para el proletariado, que desde el pasado octubre y hasta mediados de enero próximo alberga la Fundación Juan March de Madrid (1).

Esta muestra coincide con otra, La Caballería Roja, creación y poder en la Rusia soviética de 1917 a 1945 (2), exhibida en La Casa Encendida de Madrid y ya reseñada aquí en la crónica del pasado 30 de noviembre. Los hechos históricos someramente descritos en ella son los mismos para ambas, aunque la dedicada a Deineka no concluye en 1945, con el fin de la Segunda Guerra Mundial, sino en 1953, año de la muerte de Stalin.

Las dos exposiciones resultan complementarias: La Caballería Roja aspira a mostrar, mediante un relato coral, la creatividad expresada en todas las artes durante casi tres décadas de historia soviética y las tensas y con frecuencia trágicas relaciones de los artistas con el poder, subrayando los efectos que sobre las corrientes vanguardistas y sus creadores tuvieron los años de la represión estalinista. Aleksandr Deineka trata de iluminar, centrándose en la trayectoria de un solo gran artista, las múltiples y polémicas conexiones con el contexto creativo y político de esa época, aunque situando en primer plano una interpretación distinta a la habitual sobre la cuestión del realismo socialista.

¿Ruptura con la vanguardia? El comisario de la exposición, Manuel Fontán del Junco, cree necesario –para  la visibilidad y mejor valoración histórica de obras como la de Deineka— despojar un planteamiento previo: “La vanguardia suele ser esquemáticamente glorificada como un valiente experimento utópico de gran valor y novedad formal, y el realismo socialista castigado como un reaccionario tradicionalismo sin valor artístico y al servicio de la propaganda política (…) A saber, que la vanguardia rusa, uno de los experimentos formales más radicales de la historia, con un enorme potencial utópico, fue liquidada por un arte derivativo, puesto al servicio de una ideología que alrededor del final de los años veinte ya había mostrado su rostro más totalitario”.

SPORTSMAN
Kasimir Malévich.
Lápiz y acuarela
sobre papel (1923)

AUTORRETRATO
Aleksandr Deineka. Óleo sobre lienzo (1965)
Fruto de un análisis exclusivamente formal de la vanguardia y exclusivamente político del realismo socialista, ese paradigma interpretativo, “binario y absoluto",  es "inexacto", afirma Fontán del Junco, ya que no tiene en cuenta que ambos fenómenos son indisolublemente artístico-políticos: "Deineka quizá constituya el caso más claro”, añade. La hipótesis que organiza las casi 250 piezas expuestas, de las cuales 80 pertenecen a este artista, tiende así a mostrar “la lógica peculiar de las relaciones entre la vanguardia y el realismo socialista” (3).

El primer tramo de la muestra (De la `Victoria sobre el sol´ a la electrificación de todo el país) abarca desde 1913 a 1934 y arranca con un cuadro de Kasimir Malévich (Sportsman, de 1923) junto a un gran Autorretrato de Deineka como deportista (de 1948).  Las formas planas, flotantes, las figuras bidimensionales, la materialidad de los experimentos formales del suprematismo y el constructivismo están presentes aquí en obras de Tatlin, El Lissitzky, Popova, Klutsis, Ródchenko y Tagurov, entre otros. También la dimensión política de esa revolución formal, evidenciada en obras como Derrota a los blancos con la cuña roja (1919) de El Lissitzky.

COMPOSICIÓN SUPREMATISTA
Malévich. Óleo sobre lienzo
(1915)



DERROTA A LOS BLANCOS
CON LA CUÑA ROJA
El Lissitzky.
Litografía (1919)

ARQUITECTURA PICTÓRICA
Liubóv Popova.
Óleo sobre lienzo
(1916)





LUCHA CONTRA LA DESTRUCCIÓN CAUSADA POR LA GUERRA
Deineka. Tinta, gouache y bronce sobre papel (1919)
La función de la luz en la poética vanguardista se relaciona en la muestra con la extensión de la electricidad a todo el país, requisito indispensable en las etapas de la industrialización y la modernización técnica, que las obras monumentales de Deineka expresan en distintas situaciones de la vida social y laboral. La conocida cita de Lenin (“El comunismo es el poder soviético más la electrificación de todo el país”) subraya la importancia de ese objetivo en 1920.

DISEÑO PARA CARTEL
De la Fiduciaria Estatal de
Electricidad. Vladímir Roskin.
Gouache, tinta y lápiz (1926)
Ya adelantado metafóricamente por la ópera futurista Victoria sobre el sol (1913), el dominio de la luz y la energía por parte de los hombres no sólo era crucial en el terreno productivo sino que permitía hacer visibles las formas artísticas y aseguraba el desarrollo y extensión de medios como el cine y la radio (“la radio se ha convertido en una especie de sol espiritual del país, un gran mago, un gran hechicero”, se decía en 1921). En ese contexto, la luz participaba en la tarea de afirmación de lo nuevo y la transformación de lo real, convirtiendo cuadros como los de Deineka en depositarios de imágenes destinadas a reproducirse.


En este sector se agrupa asimismo la tarea desarrollada por el artista como ilustrador de libros y revistas, muestras de su gran talento de dibujante, y como grafista a través de los medios impresos y los carteles, enrolados en los debates y la propaganda que propiciaba el proceso revolucionario. También su carácter de ilustrador de libros infantiles. Las imágenes planas, las figuras recortadas sobre un fondo, vinculan aquí la obra de Deineka con su formación vanguardista y establecen una sutil conexión entre sus grandes cuadros y sus dibujos. Una vocación, la del dibujo, que arrancaba muy atrás: “Cuando recuerdo mi infancia, me veo siempre dibujando, intentando trasladar mis impresiones y observaciones a mis dibujos…dibujar era para mí tan necesario como bañarme en el río, deslizarme en un trineo o jugar con los chicos de mi edad”, escribe en 1961 al rememorar sus años iniciales en Kursk, en el seno de una familia de ferroviarios (3).


LA MANIFESTACIÓN
Deineka. Dibujo para la revista Proyector, tinta china y plumilla sobre papel (1928)


EL ELECTRICISTA
Libro infantil (1930)


EL ELECTRICISTA
Deineka. Ilustración













"¿CUÁL DE LAS DOS ES ATEA?" Revista El ateo en la máquina. Deineka, litografía (1925)

"ADIVINANZA PARA UN ANCIANO:
tantas mujeres juntas y ninguna rezando, ¿dónde me he metido?"
Revista El ateo en la máquina. Deineka, litografía (1926)
La destreza de Deineka para la creación de personajes --inmersos en situaciones dinámicas aunque siempre contenidos por un grado de estatismo-- se ve reflejada en una gran variedad de publicaciones, carteles y obras de gran tamaño. Estas últimas aúnan una poderosa vibración corporal y un clima onírico: escenas campesinas y fabriles vinculadas a la producción, la técnica del futuro señalada por la presencia constante de aviones en el cielo despejado, el deporte como consagración de la energía del cuerpo y los cuerpos de hombres y mujeres como sostén de una maquinaria social y de una tenue sexualidad solar.

FÚTBOL (1926)
Óleo obre lienzo

ANTES DE BAJAR A LA MINA (1925)
Óleo sobre lienzo
 
CONSTRUYENDO NUEVOS TALLERES (1926)
Óleo sobre lienzo

CAMPO A TRAVÉS FEMENINO (1931)
Óleo sobre lienzo

CORREDORES (1932-33)
Óleo sobre lienzo

FUTUROS AVIADORES (1938)
Fragmento. Óleo sobre lienzo


EL PORTERO (1934)
Fragmento. Óleo sobre lienzo
Al esbozar una definición del estilo de Deineka, “que alcanzó su punto culminante en la peligrosísima década de 1930”, el crítico de arte Francisco Calvo Serraller indica que el artista soviético “captó la importancia de la gran pintura mural de naturaleza decorativa”. “Sus armas de persuasión fueron, por una parte, rescatar la arcaizante simplificación de los fresquistas del Quattrocento y su tratamiento de una luz de mediodía intemporal, lo que aportaba una solidez optimista a las composiciones monumentales de Deineka”. Pero, por otra, “el uso de un componente ideológico, que explica muy bien Boris Groys en el catálogo: que, a diferencia  del sentido aristocrático racial con que los nacionalsocialistas alemanes trataban de apropiarse de la tradición histórica del clasicismo, por el que la grandeza aria de los griegos se culminaba en la del Tercer Reich, Deineka idealizó al proletariado universal, cuya serena belleza estaba, en principio, al alcance de cualquiera, dispuesto, eso sí, a servirse y servir al gran poder transformador de la diosa Técnica” (4).

LA DEFENSA DE PETROGRADO (1928)
Fragmento. Óleo sobre lienzo.
La épica de la guerra (defensa de Petrogrado), las etapas de la producción (antes de bajar a la mina, hombres a contraluz, trabajadoras textiles), los ritos intemporales del deporte (el fútbol, los corredores, el juego de la pelota) son algunos de los motivos de las obras de gran formato del pintor ruso.

1935, en el metro de Stalin. Después de esta amplia primera parte de la exposición, el recorrido se detiene en la simulación de un túnel, el del metro de Moscú, para el cual Deineka diseñó los mosaicos de los techos de dos de sus estaciones: Mayakóvskaya y Novokutznétskaya. Las escenas concebidas por el artista estaban en consonancia con la magnitud utópica de la obra: junto a los frutos,  flores y aves de la naturaleza, aviones, trenes y dirigibles contra un cielo azul; junto a la cosecha y la siderurgia, el cuerpo y los deportes colectivos.



MOSAICO EN EL METRO DE MOSCÚ
Bóveda de la estación Mayakóvskaya (1938)
Deineka recibió antes y después de la obra del metro de Moscú numerosos encargos del Estado y, pese a algunos momentos de marginación y ciertos choques con la burocracia, se le permitió viajar a Europa y América –y lo hizo algunas veces en representación oficial— y conocer de primera mano el desarrollo artístico de sus contemporáneos. La última década de su vida estuvo asimismo colmada de premios y reconocimientos dentro de la URSS.

La tercera y última parte de la exposición (1935-1953), Del sueño a la realidad, alude a la relación entre utopía y realidad del sistema soviético estalinista y sus efectos en la obra final del artista. En 1935, tras la finalización de uno de los planes quinquenales que habían supuesto ingentes sacrificios a la población, Stalin declaró: “La vida ha mejorado, la vida es más alegre”. Un año antes el realismo socialista (“la realidad en su evolución revolucionaria”) había sido declarado doctrina artística oficial para interpretar esa aspiración (“realista en su forma, socialista en su contenido”, según palabras de Maxím Gorki). En 1936 se realizó en Moscú una exitosa muestra individual de la obra de Deineka, aunque poco después ésta apareció criticada en el diario Pravda por estar “influenciada por el formalismo”. En esa oportunidad, el artista declaró en una reunión sobre las exposiciones soviéticas organizada por la Galería Tretyakov: “En el extranjero, por ejemplo en Nueva York (…), gente muy competente compra las obras de arte después de un proceso riguroso de selección, pero, una vez que las cuelgan en un museo ya no es con la idea de que mañana la quiten, porque hoy es de un genio y mañana de un pintamonas…Así  que ¿por qué me voy a poner nervioso respecto de lo que escriban de mí, quizá sobre La defensa de Petrogrado? Se puede colgar o descolgar, pero ya ha cumplido su misión histórica. Se le puede llamar formalista, racionalista o heroico-realista, pero ya es historia” (3).

Por entonces, la maquinaria de terror estalinista estaba en pleno funcionamiento y se había cobrado cientos de miles de vidas, entre ellas la de artistas y escritores, muchos de los cuales protagonizaron los primeros años de la Revolución. En 1938, en el marco de la persecución contra los letones, la artista Pavla Freiburg, primera esposa de Deineka, fue arrestada y murió pocos meses después durante su encarcelamiento. Un hombre de la misma generación del pintor, el periodista y escritor ruso Varlam Shalámov (1907-1982), que durante años permaneció en los campos de trabajos forzados siberianos y sobrevivió, ha dejado escritas sus memorias de la era estalinista en la valiosa saga testimonial Relatos de Kolimá, compuesta por seis ciclos de crónicas que se están publicando íntegros en España por primera vez en castellano, y del que acaba de aparecer el cuarto tomo: La resurrección del alerce (5).

¿Un nuevo academicismo? Si bien Deineka no se limitó a reproducir la iconografía típica del realismo socialista, ni la figura de Stalin ha estado presente en sus obras, su producción última parece aprisionada por un nuevo academicismo, contradictorio con las pautas de su producción anterior. Al señalar la cualidad fílmica de las obras del realismo socialista, el comisario de la muestra señala: “Esa película no es realista ni neorrealista, sino el resultado de la filmación de un sueño del que la realidad soviética fue durante años un continuado ensayo general: el ensayo general de la utopía”.

TRABAJADORAS TEXTILES (1927)
Óleo sobre lienzo
Un cuadro de 1927, Trabajadoras textiles, utilizado para la portada del bello y documentado catálogo de la muestra (3), puede tal vez ilustrar en la ambigüedad de su imagen, y al margen de las intenciones conscientes del autor, las dos caras de un sueño que también puede ser pesadilla. Trabajadoras descalzas, posadas aunque flotando sobre un suelo dispar, realizan su trabajo etéreo y maquinal con la mirada fija y como detenidas en otro tiempo.

En la última sección, junto a portadas de revistas, discursos grabados y carteles, reaparece la pintura de Deineka: la imagen de un pionero, aviones, un paisaje rural con vacas, una muchacha en el balcón, la charla de la brigada del koljós (granja colectiva), hasta llegar a La inauguración de una central eléctrica del koljós, de 1952.

LA CHARLA DE LA BRIGADA DEL KOLJÓS (1934)
Óleo sobre lienzo

EN LA CARRETERA A MOUNT VERNON (1934)
Durante un viaje de Deineka a EE UU.
Óleo sobre lienzo

TRABAJADORA DEL KOLJÓS EN BICICLETA (1935)
Fragmento. Óleo sobre lienzo.


EN LA CUENCA DEL DON (1947)
Témpera sobre lienzo


LA INAUGURACIÓN DE UNA CENTRAL ELÉCTIRCA DEL KOLJÓS (1952)
Óleo sobre lienzo
El experimento del siglo XX ruso fue triple e interconectado; la vanguardia, la revolución y el estalinismo, concluye Fontán del Junco. Y la obra de Deineka, “atravesada por esas tres realidades, puede considerarse, además de poseedora de una poderosa e incontestable belleza, como la novela en que esas tres realidades muestran su interrelación  y, a veces, el carácter lírico o terrible de su dialéctica” (6).

Deineka en su
despacho (1956)
En 1957, coincidiendo con otra gran muestra individual de su obra celebrada en Moscú veinte años después de la anterior, el artista manifestó en Conversaciones sobre mi oficio predilecto (3): “A mí me gusta el hombre de expresión amplia, el hombre en movimiento deportivo o laboral, el hombre respirando a pleno pulmón. Me gustan los paisajes de extensiones inabarcables, cielos altos y horizontes lejanos. Como pintor, me atraen los semitonos en contraste con una luz localizada. La sorpresa del color me atrae como novedad, porque suele recordarse mejor. El movimiento brusco y los contrastes de color trato de suavizarlos en el ritmo compositivo. Pero el tema más recurrente de mis cuadros lo encuentro en la vida. Empleo en ello la mayor parte de mis fuerzas”.

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(1) Aleksandr Deineka (1899-1969). Una vanguardia para el proletariado. Fundación Juan March de Madrid. Del 7 de octubre de 2011 al 15 de enero de 2012. Esta exposición es la más amplia dedicada al artista fuera de Rusia. Reúne 35 de sus óleos, algunos de gran formato, y su obra sobre papel, carteles, revistas, libros infantiles, fotografías, documentos y audiovisuales: un total de 250 piezas. La muestra incluye obras de figuras de la vanguardia como Kazimir Malévich, Aleksei Kruchionij, Vladimir Tatlin o El Lissitzky; de Liubov Popova, Aleksandr Rodchenko, Aleksandra Exter, Gustav Klucis, Valentina Kulagina, Vladimir Mayakovski, Nathan Altman, Mechislav Dobrokovski, Solomon Telingater o Aleksei Gan; o de otros realistas como Kuzma Petrov–Vodkin, Yuri Pimenov, Dimitri Moor o Aleksandr Samojvalov.
Comisario: Manuel Fontán del Junco (director de exposiciones). María Zozaya (coordinadora de  exposiciones).
Las obras proceden en su mayoría de la Galería Estatal Tretyakov de Moscú y del Museo Estatal Ruso de San Petersburgo. También de museos provinciales de Rusia y de colecciones públicas y privadas de España, Europa y Estados Unidos. Esta es la cuarta retrospectiva de la obra de Deineka realizada fuera de Rusia, después de las exhibidas en Düsseldorf (1982), Helsinki (1990) y Roma (febrero-mayo de 2011).
La grafía de los nombres rusos utilizada en esta crónica reproduce la de los textos informativos de la muestra.
Fundación Juan March:
http://www.march.es/arte/madrid/exposiciones/aleksandr-deineka/index.aspx

(2) La Caballería Roja, creación y poder en la Rusia soviética de 1917 a 1945. La Casa Encendida. Madrid. Del 7 de octubre de 2011 al 15 de enero de 2012.
(3) Catálogo de la exposición Aleksandr Deineka. 441 páginas. Ampliamente ilustrado con las obras expuestas y otras del artista, y documentado con medio centenar de textos, la mayoría de los cuales permanecían inéditos en castellano hasta ahora. Además de la amplia cronología Una vida en el país de los soviets, una decena de especialistas analiza distintos aspectos de esta obra. Entre ellos: La mimesis de una utopía (1913-1953), de Manuel Fontán del Junco; Crónica unipersonal del arte soviético, de Christina Kiaer; El realismo socialista o la colectivización de la modernidad, de Ekaterina Degot; El eterno retorno del cuerpo atlético, de Borís Groys; El metro como utopía, del mismo autor; La obra gráfica de Deineka, de Irina Leytes.
La sección documental incluye manifiestos y  declaraciones aparecidos entre 1913 y 1935; escritos del propio  Deineka (desde 1918 a 1964); y textos sobre el artista, bibliografía y lista de exposiciones, entre otros apartados.
Además del catálogo se ha editado una pequeña publicación, Electricista, que apareció por primera vez en 1930 y revela la labor de Deineka como ilustrador de revistas y libros infantiles.

(4) La utopía soviética coloreada, de Francisco Calvo Serraller. Diario El País, España, 08/10/2011.

(5) Relatos de Kolimá. Volumen IV: La resurrección del alerce, de Varlam Shalámov. Traducción de Ricardo San Vicente. Editorial Minúscula, Barcelona, 2011.
Los Relatos se publicaron por primera vez en ruso en Londres (1978) y luego, traducidos, en París (1980). Posteriormente hubo nuevas ediciones y traducciones en EE UU y Europa. En España se publican en la forma en que las organizó el autor, un volumen para cada uno de los seis ciclos: los tres primeros son Relatos de Kolimá (I), La orilla izquierda (II) y El artista de la pala (III). Shalámov permaneció tres años (1929-1931) recluido en un campo de trabajo de los Urales, acusado de difundir el testamento  de Lenin, en una de cuyas partes éste critica el carácter autoritario de Stalin. Cumplida esa condena, en 1937 fue nuevamente detenido, acusado de “actividades trotskistas contrarrevolucionarias” y condenado a cinco años de trabajos forzados en la isla siberiana de Kolimá. Finalmente en 1943 fue condenado por “propaganda antisoviética” y permaneció en Siberia diez años más, hasta ser liberado en 1953. Tres años más tarde fue rehabilitado. La obra de Shalámov no se publicó en su país hasta finales de los años ochenta.

(6) Las dos exposiciones sobre arte ruso reunidas en Madrid ponen de manifiesto el estado actual del debate académico sobre ese proceso histórico y su producción artística y cultural, que se ha enriquecido con nuevas fuentes documentales tras la desintegración de la URSS, hace exactamente dos décadas. También permiten esbozar otros análisis sobre la suerte de la modernidad en el siglo XX, tanto en el Este como en el Oeste, que merecerían un tratamiento específico y escapan a los alcances de esta crónica.





  

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Viaje al siglo XX: la Caballería Roja (1)

CABALLERÍA ROJA, de Kazimir Malévich
Circa 1930. Museo Estatal Ruso. San Petersburgo
(En el dorso, inscripción del autor: "La Caballería galopa desde la capital de Octubre
para defender las fronteras soviéticas")

Octubre, para la memoria política del siglo XX, es el mes de la Revolución bolchevique de 1917. Nacida contra el atraso secular y el despotismo de la Rusia zarista, dispuesta a conquistar un futuro sin límites en el corazón de las masas, este laboratorio de transformación de lo humano contuvo y proyectó, en su inapelable fracaso histórico, una de las tragedias centrales de la modernidad. La densidad y dramatismo de su desarrollo --que atraviesa en varias direcciones la historia contemporánea-- resistió a los ocultamientos interesados y las visiones reductoras que se enfrentaron en  la Guerra Fría, aunque las preguntas que deja abiertas hoy nacen de un mundo que ya es pasado y sin embargo no termina de entrar en la historia.

Este octubre  ha coincidido en Madrid el comienzo de varias muestras en torno de la historia y la cultura rusas (y de la que fue soviética durante 70 años). Una confluencia excepcional de tres grandes exposiciones, diversas pero notables, a las que se suman estudios documentales, ciclos de cine, referencias musicales y consultas bibliográficas sobre esa producción cultural, que la ciudad albergará hasta comienzos de 2012.

Herencia de los zares. En el Museo del Prado se exhiben más de 170 obras de la colección enciclopédica del Hermitage de San Petersburgo, atesoradas en los siglos XVIII y XIX en las colecciones de los zares y que reúne desde piezas arqueológicas, armas y joyas --algunas de ellas del siglo V antes de Cristo— hasta excelentes pinturas, dibujos y esculturas de los siglos XVI al XX, además de artes decorativas tanto orientales como occidentales. El Hermitage en el Prado (1) pertenece al rubro de grandes exposiciones que durante varios meses convocan a miles de visitantes y fue organizada en el marco del llamado Año Dual España-Rusia 2011, un intercambio de producciones culturales entre ambos países. El pasado febrero se realizó en San Petersburgo una muestra inversa a la actual, El Prado en el Hermitage, con una selección de obras de la pinacoteca española, que fue vista por más de 250.000 personas.

TAÑEDOR DE LAÚD
Fragmento del óleo sobre lienzo (1596) de Caravaggio
Portada del catálogo de la exposición

En el Museo Romántico de Madrid, por su parte, una pequeña muestra de obras –retratos y paisajes-- procedentes del Museo Pushkin de Moscú ofrece una pincelada íntima de la cultura decimonónica rusa (2).

Las otras dos grandes exposiciones, que resultan complementarias por sus enfoques y desarrollo, están centradas en el siglo XX. En primer lugar, La Caballería Roja, creación y poder en la Rusia soviética de 1917 a 1945, realiza un recorrido histórico que parte de las vanguardias surgidas en los primeros años de la Revolución de Octubre y culmina en el final de la Segunda Guerra Mundial. Las obras muestran las cambiantes y radicales tendencias estéticas y culturales revolucionarias, su extraodinario potencial creativo y las dramáticas tensiones mantenidas entre sus creadores y el poder político, desde los años fundacionales del leninismo hasta el apogeo del estalinismo. Esta muestra ocupa cinco salas de La Casa Encendida madrileña (3) e incluye, en un afán panorámico, actividades como la literatura, el teatro, el cine, la música, la danza, o el cartelismo propagandístico, además de un acopio amplio de documentos, fotografías y ediciones de libros y revistas vinculados con cada una de las etapas trazadas en el itinerario. Todo ello está reflejado en un sustancial catálogo (4). A esta exposición está dedicada la presente crónica.

En segundo lugar, Aleksandr Deineka (1899-1969), una vanguardia para el proletariado, presenta en la Fundación March (5) la obra de la figura más destacada de realismo socialista soviético, que enlaza su formación plástica en los años veinte, en medio de las tendencias avanzadas de entonces, y su recorrido posterior por el credo estético oficial de los años del estalinismo. Más de 80 trabajos propios --desde colaboraciones como grafista e ilustrador hasta obras murales de gran formato-- se ponen en relación y contrapunto con otras tendencias artísticas surgidas a los largo de casi cuatro décadas. Con un total de 250 trabajos reunidos, se trata de la retrospectiva más amplia de este artista personalísimo exhibida fuera de Rusia y profundiza en un período cuyo conocimiento ofrece muchas lagunas. A ella estará consagrado un próximo artículo.

Octubre, año cero.  La sintética cronología histórica que acompaña La Caballería Roja tiene especial importancia, al tratarse de una muestra que intenta relacionar las creaciones culturales y el poder político, los conflictos o la sintonía entre ambos, las polémicas de las distintas corrientes revolucionarias, los dramas sociales y económicos, la represión, las guerras (6).

El portal de la muestra enuncia estos propósitos: “La Caballería Rusa analiza el encuentro entre las especulaciones estéticas y el compromiso político en la Rusia soviética desde la Revolución de Octubre hasta la Segunda Guerra Mundial. Las diferentes estrategias del Estado, bajo los mandatos de Lenin y de Stalin, en la imposición de su ideología; y la contribución de los creadores –artistas, escritores, músicos, cineastas y dramaturgos— a la construcción de la nueva cultura soviética: la participación activa de unos, el aislamiento de otros, y la progresiva desilusión y desesperación de muchos”. Y agrega: “El objetivo y motor de esta exposición consiste en reivindicar el enorme talento de los creadores de estos años, algunos de ellos prácticamente desconocidos en nuestro país, y la fabulosa actualidad de su debate intelectual y estético”.


En un arco que va desde 1905 a 1945, el recorrido –que acompaña los hechos históricos muy esquemáticamente reproducidos aquí-- comienza con las revoluciones de Febrero y de Octubre de 1917 (7), con la abdicación de zar Nicolás II, y el acceso al poder, tras la toma del Palacio de Invierno en Petrogrado, del Partido Bolchevique encabezado por Vladimir Ilich Lenin. Sigue con la feroz guerra civil (1918-1920) que enfrenta al Ejército Rojo con el Ejército Blanco  (tras el cual se agrupan las fuerzas antibolcheviques y prozaristas, con apoyos del exterior), y con la etapa del “comunismo de guerra”, en la que se nacionalizan los activos económicos, se introduce el trabajo forzoso y se prohíbe el libre comercio. Esta etapa finaliza en 1921, en un país en ruinas. Se instaura entonces la Nueva Política Económica (NEP), que consagra un régimen transitorio y mixto, reintroduciendo una limitada competitividad capitalista. Lenin muere pocos años después (en 1924), Petrogrado se convierte en Leningrado, Lev Trotski es expulsado del Partido Comunista en 1927 y al año siguiente deportado. La muestra continúa con el acceso al poder de Iósif Stalin, la industrialización acelerada, los tres planes quinquenales de ese período, el establecimiento en 1930 del sistema de campos de concentración y trabajos forzados (Gulag) y la participación de la URSS en la Segunda Guerra Mundial, la gran guerra patriótica para los soviéticos (1941-1945).

Rosa Ferré, comisaria de La Caballería Roja, sitúa de esta manera el momento histórico en que arranca la muestra: “En los años veinte –y en progresión exponencial y terrorífica en los años treinta— cualquier elemento de la vida cotidiana, de las rutinas diarias, se convirtió en ideológicamente significante, objeto de debate y de revisión constante” (…) “El proyecto bolchevique aspiraba, literalmente, a crear una nueva humanidad. Hasta entonces ningún régimen se había propuesto un objetivo tan ambicioso. Pero ¿quién iba a escribir ese nuevo mundo poblado de hombres nuevos? ¿Con qué lenguaje, con qué símbolos y con qué imágenes iban a llenarse sus páginas?”. Las respuestas no fueron unánimes: “Durante la década de 1920, diversos grupos de artistas lucharon entre sí para erigirse  en los representantes legítimos de la nueva cultura soviética. Los debates sobre teoría y práctica artística y los radicales experimentos que se llevaron a cabo fueron de una riqueza y profundidad asombrosas, hasta el punto de que en la actualidad siguen siendo pertinentes y objeto de continua revisión. No obstante, se mostraron estériles a la hora de establecer un arte comunista”. Una cuestión que quedó pendiente hasta que, a comienzos de los años 30, “Stalin entró en la torre de Babel, la limpió a fondo con sus propias manos y tiró por el desagüe una concentración única de talento” (4).

El relevo. En la primera sala, dedicada a La toma del poder y el relevo de las élites culturales, se muestran afiches, maquetas y carteles vanguardistas de agitación y propaganda;  un gran retrato del poeta Vladímir Mayakovski, pintado por Aleksandr Deineka, y obras de Vasili Kandinsky, Marc Chagall, Aleksandr Ródchenko, y Pável Filónov. También un retrato de la poeta Anna Ajmátova, realizado por Kuzmá Petrov-Vodkin, junto a ediciones de obras literarias publicadas en los años veinte.

Es el momento de los primeros artistas exiliados a causa de la política de Lenin, de la conformación de grupos culturales completamente identificados con la Revolución, y también de un sector de “compañeros de viaje” que apoya el proceso pero con cierta distancia. Según la documentación obtenida tras la reciente apertura de los archivos soviéticos, Lenin no se interesaba demasiado por los experimentos formales de los artistas revolucionarios y entendía poco el arte abstracto y la obra futurista que desarrollaba, por ejemplo, Mayakovski, uno de los artistas más célebres en Rusia al producirse la Revolución.

VAGÓN DE UN AGIT-TREN
Maqueta de los trenes "literarios y de instrucción"
que llevaban la propaganda a los pueblos en los primeros años veinte
RETRATO, de Liubov Popova
Óleo sobre lienzo (1916)

CÍRCULOS SOBRE NEGRO, de Vasili Kandinsky
Óleo sobre lienzo (1921)

COMPOSICIÓN, de Aleksandr Ródchenko
Óleo sobre lienzo (1918)
En la segunda sala, Todo es experimento, se aborda el papel de las nuevas instituciones pedagógicas. Christina Lodder, profesora de Historia del Arte de la Universidad de Edimburgo, subraya que los Talleres de Enseñanza Superior de Arte y Técnica de Moscú (Vjutemas), creados en 1920, “fueron un importante centro de experimentación e innovación radical en materia de educación artística, donde se formuló el concepto moderno de diseño y se desarrollaron programas innovadores para la formación de artistas y diseñadores”. Siguiendo los aportes de la vanguardia abstracta, en especial de Kazimir Malévich, y de las esculturas de Vladimir Tatlin, el nuevo estilo “abarcaba tanto las artes plásticas como los objetos cotidianos”. El Lissitzky, Aleksandr Ródchenko y Liubov Popova estaban en primera línea de esta tendencia. En los talleres experimentales, los constructivistas rusos pusieron en práctica sus ideas, concebidas como preparación para el trabajo real en las fábricas. Lodder señala que, “aunque los Vjutemas gocen de menor celebridad, la importancia de sus experimentos en el campo del diseño y de sus radicales innovaciones pedagógicas es equiparable a la de la Bauhaus”. En esta época, Kandinsky emigra a Alemania para dar clases precisamente en la célebre escuela de diseño radicada en Weimar.

Como reacción en el terreno cultural a los efectos políticos de la Nueva Política Económica (y al “conformismo” y “la automatización” de la vida social), se constituyó en 1923 el Frente de Izquierda de las Artes (Lef), integrado por formalistas, constructivistas y productivistas. El grupo mantuvo hasta 1925 la revista del mismo nombre, que defendía “la primacía de lo real sobre la ficción”. Se exhiben en la sala ejemplares de esa revista y documentación referida al grupo.

A continuación hay un singular despliegue de diseños de escenografías y vestuarios vanguardistas para obras de teatro y ballets, algunos de ellos del cineasta Serguéi Eisenstein. En el caso del teatro, surge aquí la figura del director Vsévolod Meyerhold, que entre 1920 y 1921 crea su propia compañía experimental y desarrolla su propuesta escénica opuesta a las convenciones del teatro naturalista.

HERODIADE, de Alexandra Ekster
Diseño de vestuario para la obra de Oscar Wilde Salomé
Gouache y pintura de bronce sobre cartón (1917)

LA CASA DE LOS CORAZONES ROTOS,
de Seguéi Eisenstein
Diseño de escenografía (1922) para la obra
 homónima de George Bernard Shaw
VSÉVOLOD MEYERHOLD, de Aleksandr Golovín
Témpera sobre tabla (1917)
BIZIAKS, de Ródchenko
Estudio para quiosco de prensa (1919)
Gouache y tinta china sobre papel

TELÓN, de Aleksandr Jvostenko-Jvostov
Diseño para la escenografía de la obra Misterio bufo, de Mayakovski
Lápiz, acuarela, gouache y appliqué sobre cartón (1921)


LA ÓPERA DE CUATRO CUARTOS
 de Vladímir Stenberg y Gueorgui Stenberg
Escenografía (1930) para la ópera homónima de Bertolt Brecht

REVISTA DEL FRENTE DE IZQUIERDA DE LAS ARTES (1924),
editada por Mayalovski, con cubiertas de Ródchenko
Pocos años después, Trotski publica su ensayo Literatura y revolución (1924). En la introducción a ese libro define así este período: “La cultura vive de la savia de la economía, pero no basta con tener bienes materiales estrictamente necesarios para que la cultura nazca, se desarrolle y se refine. Nuestra burguesía dominó la literatura con especial rapidez en la época en que se fortalecía y se enriquecía. El proletariado será capaz de preparar la formación de una cultura y una literatura nuevas, es decir socialistas, no por métodos de laboratorio, basándose en nuestra pobreza, necesidad e ignorancia actuales, sino partiendo de vastos medios sociales, económicos y culturales”. Y augura que esta Revolución dejará de reflejarse en el arte “de manera parcial”, como ocurría entonces, “en la medida en que el artista deje de considerarla como una catástrofe exterior y en que la cofradía de artistas y poetas, antiguos y nuevos, se convierta en una parte del tejido vivo de la revolución y aprenda a verla no desde fuera sino desde su interior” (8).

SERGUÉI EISENSTEIN
Entre 1920 y 1930
Archivos Keystone, Londres
John Riley, en su artículo sobre el cine soviético (4), afirma: “Los bolcheviques entendieron inmediatamente el valor de los medios de comunicación visuales como herramienta educativa y motivadora, para un pueblo a menudo analfabeto y poco o nada comprometido políticamente”.  En los años veinte el cine era objeto de un estudio teórico al que se sumaron los soviéticos: “Pero el campo de batalla se vivió en el montaje. El montaje `intelectual´ de Eisenstein dio lugar a un simbolismo manifiesto en películas como El acorazado Potemkin (1926) y Octubre (1927). Por su parte, Lev Kuleshov, inspirado por Hollywood,   intentaba atraer al público a través de la narración con mensaje político más sutil: Las extraordinarias aventuras de Mr. West en el país de los bolcheviques (1924) es ostensiblemente una farsa satírica de denuncia contra EE UU”.

Sueños y pesadillas. En la sala siguiente se muestran los alcances de las aspiraciones utópicas de la ingeniería social para superar el horizonte de la época: por ejemplo, la fabricación del primer instrumento electrónico comercializado en el mundo, creado por el inventor Lev Theremin en 1919, que produce sonidos sin necesidad de que lo toque el intérprete (hay una réplica del mismo en la exposición); la visión pictórica de los sonidos musicales; la invención de maquetas para la construcción de máquinas voladoras; o la realización de filmes sobre la exportación de la sociedad revolucionaria a otros planetas como Marte.
PRESENTIMIENTO COMPLEJO,
TORSO CON CAMISA AMARILLA
de Kazimir Malévich
óleo sobre lienzo (1932)

CONSTRUCCIÓN PICTÓRICO-MUSICAL
de Mijaíl Matiushin
Óleo sobre tabla (1918)

LEV THEREMIN (1896-1993)
Tocando el instrumento electrónico de su invención
VOLNOVIC (ONDULANTE), de Piotr Mitúrich
Maqueta de un aparato inventado por el autor a comienzo
de los años veinte para viajar por tierra már y aire
(reconstruida en la década de 1930)
Gouache sobre cartón alambre y lana de algodón

"AELITA, REINA DE MARTE" (1924)
La sociedad utópica llega a otros planetas
Film de Yakov Protazánov
Piotr Mitúrich y Vladimir Tatlin investigaron en la relación entre arte y tecnología, diseñando nuevos medios de transporte que aproximaran al hombre surgido de la Revolución la posibilidad de volar, como la “bicicleta aérea” (1929) del segundo. En la sala se exhiben las maquetas realizadas por Tatlin después de haber estudiado el movimiento ondulatorio, cuyo principio –que la línea curva conserva y genera más energía que la recta— aplica a los diseños de los vehículos futuristas propuestos.

Paralelamente, en fecha tan temprana como 1920, el ingeniero naval y escritor Yevgueni Zamiátin había escrito su novela Nosotros, una narración que anticipa la conversión de la sociedad utópica liberadora dominada por la tecnología, en su opuesto, una distopía con rasgos totalitarios en la que las personas han sido reducidas a números. Nosotros, escrita en ruso,  fue censurada y no pudo leerse en la URSS hasta 1988, aunque había sido publicada en Europa primero en inglés en 1924 y más tarde en francés. Zamiátin, que inicialmente había simpatizado con la revolución bolchevique se exilió en París, donde murió olvidado. Nosotros (9) es un claro antecedente de las posteriores y célebres Un mundo feliz (1932), de Aldous Huxley, y 1984, de George Orwell, publicada en 1949.

En esta misma sala se exhibe un significativo cuadro de Malévich: Presentimiento complejo: torso con camisa amarilla (1932). Y también una serie de documentos en torno de la reveladora obra La chinche (de 1929), una comedia fantástica en nueve cuadros escrita por Mayakovski, con música de Dimitri Shostakóvich (hay fragmentos de la partitura original), dirección de Meyerhold y diseños escenográficos (también exhibidos aquí) de Ródchenko. La primera parte de esta obra estrenada en Moscú transcurre en 1929 y la segunda es imaginada en 1979, para expresar finalmente la idea de que la felicidad universal es incompatible con la libertad individual. El poeta manifiesta en ella, un año antes de suicidarse, su idea compleja y ya desesperanzada de la sociedad ideal.

VLADIMIR MAYAKOVSKI
de Aleksandr Deineka
Óleo sobre lienzo, 1941

LA DAMA Y EL GAMBERRO
Película de 1918 dirigida y protagonizada
por Mayakovski























El humo de las fábricas. Después de la muerte de Lenin, se abre la lucha frontal por el poder entre Stalin, que propone desarrollar un rumbo político sintetizado en la frase “construir el socialismo en un solo país”, y el internacionalismo y "la revolución permanente" encarnados por Trotski, entre otros dirigentes que son derrotados. Tras el final de la Nueva Política Económica y en el contexto del Primer Plan Quinquenal, la política cultural acentúa su giro con relación al pasado inmediato. Evgeny Dobrenko, profesor de la Universdad de Sheffield especialista en temas de Rusia, lo define así: "El realismo socialista, base del arte estalinista, sustituyó al arte revolucionario a finales de los años veinte, cuando ya no había duda de que el sueño del comunismo universal se derrumbaba. Para la construcción del socialismo en un solo país hacía falta un proyecto estético absolutamente distinto: en lugar de una utopía ilusoria, una ilusión de realidad. De esta forma surgió el realismo socialista, el realismo de un sueño".

En la sala correspondiente a este período, además de los carteles y los fotomontajes destinados a promover la producción en el campo y la ciudad –bajo el lema El humo de las fábricas es la respiración de la Rusia Soviética— se suma la promoción de los deportes, con algunos cuadros y fotomontajes que exaltan esa actividad. Se proyectan asimismo fragmentos del film Entusiasmo (1931) de Dziga Vértov, quien diez años antes había creado el grupo Kinok (cine y ojo), cuyo objetivo, apartado de convenciones del cine tradicional, era reflejar “la verdad de la vida” a través de la rápida sucesión imágenes rodadas sin puesta en escena y articuladas en el montaje.

CONSTRUIMOS EL SOCIALISMO
de Yuri Pímenov
Impresión tipográfica sobre papel (1928)

LA JUVENTUD COMUNISTA
AL ASALTO DE LA SIEMBRA
de Gustavs Klucis
Litografía sobre papel (1930-31)
En 1926 se publica el libro de relatos Caballería roja, de Isaac Bábel. Shostakóvich compone La  nariz, su primera ópera, basada en un relato de Nikolái Gogol; después de algunas representaciones es retirada del repertorio y acusada de “formalista”. Se muestran en la sala algunos diseños para la representación de su ballet El perno.


LENIN Y LA MANIFESTACIÓN
de Isaak Brodski
Óleo sobre lienzo (1919)
Gustavs Klucis se convierte en el exponente más destacado del fotomontaje como instrumento de la propaganda política, después de experimentar con la fotografía. Se exhibe aquí el estudio para un cartel --“Millones de trabajadores, uníos a la emulación socialista”— realizado por el artista en 1927. La imagen de Lenin después de su muerte se hace omnipresente en estos carteles. Años más tarde, el trabajo de Klucis aparece ante el poder como demasiado vanguardista. Finalmente, en la época de las grandes purgas estalinistas,  es detenido y ejecutado.


BUSTO DE STALIN,
de Nikolái Tomski. Mármol,
década de 1950. Al lado,
texto del epigrama  de Ósip
 Mandelstam contra
Stalin (1933)
También la imagen de Stalin en cuadros y esculturas de esta parte de la exposición es ostensible. En abril de 1930 se suicida Maiakovski. En el mismo mes se establecen los Gulag. Y en octubre de 1932 se formula la doctrina del realismo socialista, que se convierte en oficial para la literatura y el arte en general en el Congreso de Escritores de 1934. Dos años más tarde, Pravda, inaugura otra campaña contra el arte “formalista” con un ataque a la ópera de Shostakóvich Lady Macbeth de Mtsenk. El compositor no vuelve a escribir óperas.

El musicólogo Pascal Huynh recuerda que en 1948 las autoridades soviéticas organizaron una conferencia de músicos, en las que participaron 70 ponentes, para reivindicar el legado clásico ruso y el realismo musical y censurar los “extravíos formalistas”. Allí fueron criticados los dos principales compositores de la época, Shostakóvich (1906-1975) y Serguéi Prokófiev (1891-1953), “cuyos itinerarios opuestos compartían la condena del aparato del Estado”. Unos años antes, la unidad nacional rusa propiciada por la invasión de las tropas nazis había procurado un ambiente más favorable. La lucha antifascista fue asumida entonces por músicos y compositores, que dieron muchos Conciertos en el frente y, como Shostakóvich, hicieron la banda sonora de numerosas películas patrióticas. Después de la guerra, prosiguieron las campañas  contra “el cosmopolitismo”, dirigidas principalmente contra los judíos, que padecieron cineastas, músicos y escritores. (4).
PROKOFIEV, SHOSTAKÓVICH Y JACHATURIÁN
En la asamblea de la Unión de Compositores (Moscú, 1945)

Varios cuadros de gran tamaño ilustran la sala dedicada al realismo socialista, así como imágenes fílmicas de comedias musicales que ofrecen una imagen optimista de la vida soviética: una exaltación de héroes individuales surgidos de las clases trabajadoras. En 1936 se produce el primer juicio estalinista de Moscú. Son fusilados importantes dirigentes y líderes militares del Partido Comunista. Al año siguiente, se reitera un juicio-espectáculo de características similares en el marco de una década de terror represivo. Sólo en 1938 fueron detenidos por la policía secreta alrededor de 600.000 acusados de crímenes contrarrevolucionarios, de los cuales más de la mitad fueron fusilados y el resto enviados a campos de trabajo o deportados. Muchos escritores y artistas sufrieron también esa suerte.

TRABAJADORES TENDIENDO LA VÍA FÉRREA
DE MAGNITOGORSK, de Kuzmá Nikoláyev
Óleo sobre lienzo, 1930

LA AMISTAD DE LOS PUEBLOS
de Stepán Kárpov
óleo sobre lienzo (1923-24)


DANDO LA VIENVENIDA A LA HEROICA TRIPULACIÓN
de Piotr Máltsev
Óleo sobre lienzo (1936)
 
"LA SENDA LUMINOSA" (1940)
Una visión optimista de la realidad
Film de Grigori Aleksandrov

ESTAJANOVISTAS , de Alekandr Deineka
Óleo sobre lienzo, 1937


Los grandes cuadros de Deineka, como Estajanovistas (1937), estudios gráficos para Iván el Terrible (1943), de Eisenstein, y la proyección de escenas de este film y de Aleksandr Nevski, cierran La Caballería Roja. Son los años de la participación de la URSS en la Segunda Guerra Mundial, tras ser invadida por la Alemania nazi, del largo sitio de Leningrado, que costó a los soviéticos enormes pérdidas humanas y materiales, de la batalla de Stalingrado y del final de la guerra con la conquista de Berlín.

IVÁN EL TERRIBLE
 de Eisenstein (1943)
Los escritores. La suerte de algunos escritores soviéticos, ofrecida como una coda documental de esta exposición, muestra el final trágico de muchos de ellos, tras vivir los cambios que durante cuatro décadas acompañaron una tensa y tortuosa relación entre arte y poder político. En otras actividades artísticas, también la trayectoria del poeta Mayakovski y la del músico Shostakóvich  resultan paradigmáticas de esa dramática confluencia.

Ricardo San Vicente, en el artículo Terror y plata, y Vitali Shentalinski en El Maestro y el Vozhd, la reserva “comunismo universal”, relatan los casos de algunos escritores destacados, incluyendo información procedente de la apertura de los archivos literarios del KGB.

“A semejanza de la llamada Edad de Oro de la literatura rusa –el período comprendido entre 1810 y 1830, que vio florecer a Aleksandr Pushkin y a sus contemporáneos— el momento de máxima eclosión cultural en Rusia, a caballo entre los siglos XIX y XX, se conoce como la Edad de Plata”, escribe San Vicente, profesor de literatura rusa, quien destaca varias figuras “cuyo resplandor ha llegado a nuestros días”: Anna Ajmátova, Borís Pasternak, Ósip Mandelstam o Marina Tsvetáyeva, “víctimas y a la vez hijos de la Revolución rusa de 1917”.

“La nueva generación de poetas, narradores, dramaturgos, pintores e intelectuales rusos parecía fundir en sus diversos crisoles los despojos del arte, del lenguaje, del pensamiento del pasado, de la versión ilustrada y hegeliana del mundo del viejo siglo, alumbrando un arte y una visión del mundo donde la nueva palabra se erigía en vehículo de un nuevo sentido”, añade.

El periodista y escritor Shentalinski (10), por su parte, señala: “Stalin prefirió ser un héroe de libro a ser poeta [en su juventud, escribía versos]. Toda su vida fue un apasionado de la literatura, hasta un extremo enfermizo que le hacía tenerla en su punto de mira, bajo el control más absoluto”. En consecuencia, “la gama de represión sufrida por los escritores no tuvo límites. No sólo se fusiló, se encarceló y se condenó a prisiones y campos de trabajos forzados (…) sino que también se mutilaron las vidas, se prohibieron los libros y se represaliaron las obras de quienes no fueron enviados tras las alambradas”. Asimismo, “todos los escritores relevantes tuvieron su particular romance con el poder del Kremlin”.

El caso de Gorki (1868-1936). Fundador de la literatura soviética, emigró poco después de la Revolución. Pero cuando Stalin llegó al poder, logró que el escritor volviera a la URSS y cayera “en una jaula dorada de la que nunca más pudo salir”.

RETRATO DE MAKSIM GORKI
de Isaak Brodski
Óleo sobre lienzo (1937)
Mijaíl Bulgákov (1891-1940). Tras una época en que se dejaron de publicar sus libros y representar sus obras, el autor de El maestro y Margarita se dirigió al Gobierno pidiéndole autorización para salir del país o, en su defecto, que le dieran un empleo. Finalmente, en una conversación telefónica con Stalin, el escritor admitió quedarse en la URSS y se le otorgó un trabajo. No obstante, no se representó ni publicó ninguna obra suya hasta después de su muerte.

Borís Pasternak (1890-1960). En 1933 se prohibió la publicación de su autobiografía en prosa. Al año siguiente, en una conversación telefónica con Stalin, defendió a Mandelstam, que había sido arrestado. Fue elegido para la dirección de la Unión de Escritores en la que se consolidó el realismo socialista. Salió indemne de los años de la lucha contra “el formalismo” y de las purgas a otros escritores. Su obra El doctor Zhivago se publicó en Italia en 1957.

Isaac Bábel (1894-1940). Formó parte de los servicios soviéticos de defensa e inteligencia y fue miembro de la célebre Caballería roja que da título a su libro de relatos. Sin embargo, muchos años después, en 1939, fue detenido y al año siguiente fusilado bajo la acusación de espiar para los Gobiernos de Austria y de Francia. No aceptó esos cargos, aunque realizó una autocrítica, tras meses de interrogatorios, por haberse desviado del camino de la Revolución.

Anna Ajmátova (1889-1966). Su obra poética recogió en gran parte las tragedias de su vida. La guerra, la detención en un campo de prisioneros de su hijo, el fusilamiento de su primer marido. En Réquiem (1935-40) expresó parte de ese itinerario. Su último marido, el crítico de arte Nikolái Punin, también fue arrestado, acusado de actividades antisoviéticas, y murió en el Gulag en 1953.  Réquiem (11) comienza así: “Jamás busqué refugio bajo cielo extranjero/ ni amparo procuré bajo alas extrañas./ Junto a mi pueblo permanecí estos años,/ donde la gente padeció su desdicha”.
RETRATO DE ANNA AJMÁTOVA
de Kuzmá Petrov-Vodkin
Óleo sobre lienzo (1922)
Osip Mandelstam (1891-1938). Fue uno de los padres del acmeísmo, corriente poética esteticista alejada del simbolismo y también de las diversas vanguardias de la época. Su célebre epigrama contra el dictador es de 1933 (“…siempre se nombra al montañés del Kremlin/ Sus dedos son gordos como gusanos, grasientos,/ y sus palabras  son certeras, como enormes pesas de balanza.). Poco después es detenido y deportado a Vorónezh. Pasternak intercede por él, y se aplaza la decisión sobre su suerte. En 1937 Mandelstam escribe una oda en alabanza de Stalin con la esperanza de salvar a su mujer. Más tarde le diría de ese poema a su amiga Ajmátova: “Ahora sé que se trataba de una enfermedad”. El poeta murió en un campo de trabajo. Hasta 1988 no se publicaron en Rusia los poemas de Cuadernos de Vorónezh (12). En ese libro, escribió el 14 de diciembre de 1936: “Estoy en el corazón del siglo. El camino es oscuro. / Pero el tiempo aleja el fin: / el fatigado fresno de un bastón/ y el miserable musgo del cobre”.



(1) El Hermitage en el Prado. Del 8 de noviembre de 2011 al 25 de marzo de 2012. Museo Nacional del Prado. Madrid. Exhibe una selección de más de 170 piezas del museo de San Petersburgo, que resumen casi 2500 años de la historia del arte. Los fondos del Hermitage proceden de las colecciones de los zares Pedro I, Catalina II y Nicolás I y fueron nacionalizados tras la Revolución de 1917.
Comisario general: Mikhail Piotrovsky, director del Museo del Hermitage.


En el tiempo que dure la muestra se realiza un ciclo de Obras maestras del cine  ruso.

(2) El romanticismo ruso en la época de Pushkin. Del 22 de septiembre al 18 de diciembre. Museo del Romanticismo. Madrid.

(3) La Caballería Roja. Creación y poder en la Rusia soviética de 1917 a 1945. Del 7 de octubre de 2011 al 15 de enero de 2012. La Casa Encendida. Madrid. Presenta más de 200 obras procedentes de los más importantes museos estatales de Rusia y de colecciones particulares. Muchos de los materiales de archivo se exponen por primera vez ante el gran público. La muestra cuenta con la colaboración del Ministerio de Cultura de Rusia y del Museo Estatal y Centro de Exposiciones ROSIZO.
Comisaria: Rosa Ferré.
Se mantiene en este artículo la transcripción de los nombres rusos tal como figuran en la exposición.

Al finalizar el recorrido, la sala de consulta ofrece una selección de libros de los poetas y escritores representativos de la literatura soviética de las décadas de 1920 y 1930. En la biblioteca y en la mediateca de La Casa Encendida, por su parte, existe un fondo más amplio de libros, películas y documentales referidos a los temas y autores citados en la muestra.

En el espacio de documentación audiovisual pueden oirse fragmentos literarios en las voces de, entre otros, Gorki, Ajmátova, Mandelstam o Shólojov. En este lugar puede verse de forma continuada una muestra singular del primer cine revolucionario: la película La dama y el gamberro, dirigida y protagonizada en 1918 por Mayakovski.

Existe una audioguía que permite recorrer la exposición oyendo fragmentos de la música soviética de cada período, en una selección preparada por el especialista Pascal Huynh y realizada en colaboración con la Cité de la Musique de París.

Entre las actividades complementarias a la exposición se realizan: un ciclo de música experimental rusa, una muestra del estado actual de las artes escénicas rusas de vanguardia, un ciclo de cine contemporáneo ruso. En el mes de octubre se proyectó, en tres sesiones, el extraordinario film-ensayo (de casi diez horas de duración) Noticias de la antigüedad de la ideología: Marx-Eisenstein- El Capital (2008), del cineasta alemán Alexander Kluge. En noviembre y diciembre se proyectan –entre otros films--  Entuziazm, sinfoniya Dombassa (1930), de Dziga Vertov; El último bolchevique (1993), de Chris Marker; My Perestroika (2010), de Robin Hessman, y El arca rusa (2002), de Alexander Sokurov.

(4) La Caballería Roja. Catálogo de la exposición. 624 páginas. Reúne abundante documentación grafica de las obras expuestas y numerosos estudios sobre diversos campos de la cultura soviética. Entre ellos: Marcha a la izquierda. Cultura política y política cultural en la Rusia revolucionaria de los años veinte, de Evgeny Dobrenko; El tiempo se acelera, de Rosa Ferré; El Frente de Izquierda de las Artes (LEF), de Juan Ledezma; El papel del fotomontaje en la configuración de la política de la Unión Soviética, de Iveta Derkusova; Los pioneros rusos del arte del sonido en los años veinte, de Andréi Smirnov y Liubov Pchólkina; Utopía, distopía y ciencia ficción, de Anthony Anemone; El retorno épico. Cultura política y política cultural en los años treinta, de Evgeny Dobrenko; El realismo socialista desde el punto de vista de la crítica de arte, de Ekaterina Degot; y Sinfonías de Octubre. Prokófiev, Shostakovich y la propagnda estalinista, de Pascal Huynh.
Cronología (1905-1966), de Rosa Ferré y Clara Grífol.

(5) Aleksandr Deineka (1899-1969). Una vanguardia para el proletariado. Del 7 de octubre de 2011 al 15 de enero de 2012. Fundación Juan March. Madrid.


(6) En este sentido, una de las pocas ausencias que es posible advertir entre las actividades complementarias a la exposición es la de un coloquio entre historiadores de la revolución soviética, que hubiera permitido enriquecer las interpretaciones e incorporar investigaciones actuales a la luz de los documentos hechos públicos tras la desintegración de la URSS. Falta asimismo la mención de las fuentes en algunos datos significativos que integran los textos documentales de la muestra.

(7) Las fechas de la Revolución de Octubre corresponden al calendario juliano por el que se regía Rusia. El país adoptó poco después, en enero de 1918, el calendario gregoriano, vigente desde entonces, según el cual la fecha del estallido de la Revolución sería el 7 de noviembre de 1917. La referencia mítica e historiográfica sigue siendo, no obstante, Octubre.

(8) Literatura y revolución. Otros escritos sobre la literatura y el arte. De León Trotski. Dos tomos. Editorial Ruedo Ibérico, 1969. Impreso en Francia.

(9) Nosotros, de Evgueni Zamiátin. Ediciones Akal, Madrid, 2008.

(10) Autor de la trilogía que revela los descrubrimientos de los archivos literarios del KGB: Esclavos de la libertad (2005), Denuncia contra Sócrates (2006) y Crimen sin castigo (2007). Galaxia Gutenberg/ Círculo de lectores.

(11) Réquiem y otros escritos. De Anna Ajmátova. Epílogo de Joseph Brodsky. Galaxia Gutenberg/ Círculo de Lectores. Barcelona, 2000.

(12) Cuadernos de Voronezh. De Osip Mandelstam. Prólogo de Anna  Ajmátova. Ediciones Igitur, 1999.