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sábado, 30 de abril de 2011

Vargas Llosa en la Feria del Libro porteña: una hipótesis y un epílogo

 
Mario Vargas Llosa en la Feria del Libro de Buenos Aires, despues de leer
 su discurso  inaugural y de mantener una conversación en público sobre su obra
 y sus opiniones políticas con el periodista Jorge Fernández Díaz.
El reciente paso del escritor peruano Mario Vargas Llosa por la 37º Feria Internacional del Libro de Buenos Aires se ha saldado con mucho ruido sobre el  presunto veto a su presencia en la misma por parte de un conjunto de intelectuales argentinos afines al Gobierno de la presidenta Cristina Fernández y al fenómeno político-cultural del kirchnerismo. Mucho ruido pero también algunas (pocas) nueces, que valdría la pena destacar. Aunque lo más revelador fue la ausencia de un debate de fondo entre el reciente Premio Nobel de Literatura y los críticos de sus posiciones políticas, imposibilidad que obedece tal vez a los modos de enunciación de las respectivas posiciones, que son de una asimetría por el momento (histórico) difícil de resolver. Quizá convenga ver cómo se llegó hasta aquí (*).

Sólo para disolver versiones cosificadas que se repetirán constantemente hay que preguntarse en primer lugar, en atención a los hechos: ¿Hubo un veto o intento de veto a la presencia del gran novelista latinoamericano en la Feria del Libro porteña? ¿Eso es lo que ocurrió? La respuesta más racional es que no. Bien, si no hubo veto ¿qué es lo que hubo?, porque algo inesperado hubo. Y para responder a esa pregunta, que pone el acento en el estado de la cuestión en el debate de ideas, es necesario por una parte descartar las apelaciones pedestres de los fanáticos anti y pro-Vargas Llosa, no por necesidades de una equidistancia imposible sino para clarificar un poco desde dónde habla cada uno y qué sustento cultural común es necesario para que una confrontación de esta naturaleza sea posible.

La cuestión del compromiso. A sus  75 años, con una obra narrativa sólida y una amplia variedad de artículos periodísticos y ensayos críticos en su haber, el escritor peruano resulta –por sus modos de intervención en el debate público— uno de los escasos representantes actuales de lo que en otra época se llamó “el compromiso del intelectual”. Entendido en su doble vertiente de “conciencia crítica” de la sociedad y lugar de dilemas éticos. Esa figura, clásicamente definida por Jean-Paul Sartre a mediados del siglo XX, y luego replanteada en una innumerable variedad de situaciones históricas, estaba casi siempre destinada a representar posiciones de la izquierda, en un momento en el que ese concepto iba asociado a la crítica profunda de la sociedad capitalista.

Los intelectuales comprometidos de la izquierda ejercían además un cierto liderazgo social entre las élites llamadas a encarnar un cambio de sistema que entonces aparecía como una promesa a conquistar en el mundo de los hombres. Pasadas las décadas, Vargas Llosa, que vivió aquella etapa, ha ido representando y reivindicando esa figura a lo largo de un viaje personal e ideológico desde el socialismo juvenil al liberalismo de la edad adulta, con escala en una socialdemocracia que entonces tenía sus bases sociales y políticas definidas, sobre todo frente a los totalitarismos del siglo, pero que resultaba insuficiente para un Vargas Llosa --ya lector de Aron, Popper  y Von Hayek-- necesitado de planteamientos de ruptura más radicales con la izquierda realmente existente.

Ese movimiento, si bien tenía su reflejo en América Latina, giraba en torno de un mundo bipolar y con la lógica de los grandes relatos históricos consumados o por consumar. El grado de compromiso, esta vez desde la derecha, debía ser tan profundo como la situación política lo fuera requiriendo –el caso del gran poeta mexicano Octavio Paz apoyando la guerra de Ronald Reagan en Centroamérica, por ejemplo— y los momentos de incertidumbre personal debían dejar paso a un nuevo tipo de pragmatismo que diera respuesta al desencanto de finales del siglo XX sin abandonar el dogma, o algún sistema de ideas que sirviera de base doctrinal a la mirada del intelectual comprometido. Que estaba, a su vez, ante una disyuntiva --dramatizada en la Feria del Libro-- entre la realidad nacional-regional (un pensamiento situado y que aspira a la universalidad) o una impostación global, preocupada por los dilemas “del hombre en la historia”.

Es así que en este segundo camino Vargas Llosa empieza a reconocerse como liberal, lo cual o bien sitúa el problema en el siglo XIX, con la consiguiente regresión histórica que el escritor peruano no reconocería como propia, o bien establece un blanco móvil, adaptado a cada una de las coyunturas políticas actuales, despegado del liberalismo realmente existente, que no sin tino fue llamado neoliberalismo. En Buenos Aires, Vargas Llosa negó una y otra vez que lo suyo fuera esto último, aunque eso –por ejemplo la experiencia de los años noventa como paradigma de exclusión, dislocación social y liquidación del patrimonio común de muchos países latinoamericanos— es lo que sus críticos ven como consecuencia práctica de una prédica engañosamente liberal, que ha dejado mucho futuro en la cuneta de la historia.

Esta es una hipótesis sobre el Vargas doctrinario. Pero la ecuación no se dirime sólo en el terreno de las ideas. La derrota del socialismo real, una implosión, y la emergencia de nuevas formas de salvajismo --en la organización social y en las prácticas del capitalismo financiero-- han contribuido a instalar un paradigma intelectual hegemónico, después de que una multitud de voces haya sido borrada del debate. No todas, sin embargo: algunas siguen buscando en una suerte de conversación apenas audible socialmente un nuevo camino de interpretación en el marco de una salida colectiva a los problemas de esta época.

Es en este cuadro que una voz como la del actual Premio Nobel de Literatura ha encontrado su legitimación: muchos feligreses le han otorgado carácter sacerdotal. Una voz que es individual, es cierto, pero está imbricada en una estructura, ya no específicamente política sino comunicacional: grandes diarios, grandes editoriales, alcance universal. No se trata sin embargo de una figura monolítica: sus deslices dogmáticos, como el análisis simplificador y reiterativo de situaciones complejas como las actuales en Latinoamérica, que Vargas Llosa ha dejado por escrito, no contenta a todos sus seguidores. Pero este es un fenómeno que lo excede, es una sobredeterminación. Son los demás los que han erigido su pedestal discursivo en la orfandad de la época, entre otras cosas porque el escritor tiene otras facetas compensatorias, además de su obra: su amplia curiosidad y recorrido cultural, sus opciones verdaderamente liberales en el campo de las costumbres –matrimonio gay, liberalización de las drogas, entre otros fenómenos— que amplían el campo de las identificaciones.

Este fenómeno resulta particularmente notable en España donde, sin proponérselo y en consecuencia siendo tangencialmente parte del mismo, el Vargas doctrinal tiene seguidores entre los pocos liberales de verdad que existen, y entre muchos socialistas de distintas gamas, en el PSOE, en el PP, y en una variada muestra de añorantes de una derecha ilustrada ya prácticamente sustituida por mediocridades sin nombre, que se ven redimidas en el brillo intelectual de un escritor que, junto a su amplitud de intereses tiene la capacidad de exhibirlo con buen tono en distintas situaciones de la vida social. Desde ese emplazamiento, toda disidencia con sus invectivas ocupa un lugar público marginal: cartas al director, protestas estudiantiles, rechazos muy radicales en el lenguaje pero poco solventes para darle al fenómeno su verdadera envergadura en el campo cultural.

El otorgamiento del Premio Nobel de Literatura no ha modificado ese perfil sino que ha amplificado sus efectos. Bien administrado, el suyo es mucho poder de convocatoria –que hace años ha superado el que representan los fieles lectores de sus obras de creación--, de modo que toda interrupción en ese fluir de ideas aparece como extemporáneo, no encuentra un cauce aceptable ni lo corrigen los cambios de la realidad (por ejemplo, en su apoyo in situ a la guerra de Irak, luego matizado y ratificado; o en su comprensión de los motivos del Tea Party estadounidense, luego de criticar sus aristas más repudiables, etcétera).

Mostrar las cartas. La mayor parte de los intelectuales argentinos que manifestaron su disgusto porque el Premio Nobel fuera invitado a inaugurar con su discurso la 37ª Feria del Libro tiene una obra, de ficción o ensayística, publicada desde hace bastante tiempo y algunos de ellos han empezado a escribir en la misma época que el autor de La ciudad y los perros. Su proyección mediática rara vez excede el ámbito nacional, pero se han formado en encrucijadas y recorridos culturales similares a los de Vargas, han dirimido alguna vez los dilemas del compromiso del escritor, han padecido dictaduras y, con todas las variantes de sus personalidades diversas y a veces contrapuestas, han sido partícipes, testigos y supervivientes de un difícil siglo XX argentino.

Y ahora han expresado, con mayor o menor fortuna, mediante un escrito, su desacuerdo con el papel otorgado al Premio Nobel, de quien objetaron sobre todo su apoyo a políticas regresivas y sus referencias tópicas (y para algunos ofensivas) a la política argentina. Su poder de veto en una organización no oficial como la Feria del Libro era francamente nulo. El suyo hubiera quedado como tantos manifiestos que se han escrito en contra de esa faceta de Vargas Llosa, o como los que el propio escritor ha firmado en defensa de otras causas diversas.

El director de la Biblioteca Nacional, el sociólogo Horacio González, autor de numerosos ensayos sobre política y cultura y miembro del Espacio Carta Abierta, fue más allá (en doble sentido, como funcionario y como crítico del escritor invitado) pidiendo a los organizadores de la Feria una modificación del sitio del Nobel en la ceremonia de inauguración para oír su discurso desde otro lugar. Luego, a solicitud de la presidenta, y ante el revuelo causado por su primera carta, revisó esa postura en una segunda misiva. Pero la interpretación previsible ya estaba cerrando su círculo: se pretendía censurar a un hombre libre. Y, para colmo, de la categoría de un Nobel.

Así también lo proclamó el propio Vargas Llosa: una cosa es que me critiquen, me parece bien, dijo, y otra que me censuren. Y además: “piqueteros intelectuales”, “comisarios políticos”. Magnitudes propias de un gurú. ¿Un malentendido? Probablemente en algunos de sus antagonistas hubiera encontrado a cuidadosos lectores de su obra literaria y razonadores adversarios políticos. Probablemente. Y en otros, rigideces de signo diferente a las suyas. Pero el debate no pudo ser porque sencillamente no estaba previsto no sólo en el programa de la Feria sino en el supuesto histórico edificado con estas asimetrías.

La primera carta de González mostró en ese sentido ingenuidad al desconocer la importancia de ese supuesto, que condicionaría la interpretación de su texto, y pensar que sería leído de otra manera. Pero, a su modo, logró a posteriori transformar un murmullo de desacuerdos con el Nobel en algo más inteligible, expresado en numerosos artículos de otros escritores. La cuestión queda, de todos modos, en un punto problemático. Reivindicar y afinar debates como este que no pudo ser, ampliar sus límites y referirlos también a las propias posiciones, queda como una empresa en curso.

Al día siguiente de pronunciado el discurso inaugural de Vargas Llosa y de su conversación posterior ante el público, el principal columnista político del diario opositor La Nación, Joaquín Morales Solá, comenzaba su descripción del acto de esta manera: “Tuvo algo de misa y otro poco de espectáculo de rock”. Y más adelante: “El oficioso sacerdote provocó uno de los momentos de mayor recogimiento durante esa misa pagana cuando describió la dictadura bajo la que se formó en su adolescencia y su juventud”. Era, claro, en tono de elogio. Pero también puede ser leído como una aguda percepción de todo lo que pasó. Misa pagana, oficioso sacerdote, recogimiento de la audiencia.

La palabra intangible del Nobel, en fin, pronunciada desde una investidura que está lejos del lugar donde la crítica encuentra su fundamento.

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(*) SECUENCIA DE ALGUNOS TEXTOS DE ESTA POLÉMICA:
1)  Las dos cartas del director de la Biblioteca Nacional.
Primera: 
Sr. Carlos de Santos
Presidente de la Cámara del Libro
Ha cobrado estado público la sorprendente presencia de Mario Vargas Llosa como partícipe central de la inauguración de la Feria del Libro de Buenos Aires. Le escribo como ciudadano, como director de la Biblioteca Nacional y como lector que aprecia la literatura de Vargas Llosa, a quien he seguido desde La ciudad y los perros hasta El sueño del Celta. No me mueve así ningún despecho ni deseo de limitar su voz –que no precisaba del Premio Nobel para ser justamente difundida-, al decirle que considero sumamente inoportuno el lugar que se le ha concedido para inaugurar una Feria que nunca dejó de ser un termómetro de la política y de las corrientes de ideas que abriga la sociedad argentina. ¿Pero no sería este el máximo nivel de facciosidad al que llegaría este evento que a lo largo de los tiempos atravesó toda clase de vicisitudes y supo mantenerse como digno exponente de la cultura universal del libro? Es sabido que hay dos Vargas Llosa, el gran escritor que todos festejamos, y el militante que no ceja ni un segundo en atacar a los gobiernos populares de la región con argumentos que lamentablemente no solo deforman muchas realidades, sino que se prestan a justificar las peores experiencias políticas del pasado. Mucho tememos que no sea el Vargas Llosa de Conversación en la Catedral el que hable en la Feria sino el Vargas Llosa de la coalición de derecha que en estos mismos días realiza una reunión en Buenos Aires. Considero que para la inauguración hay numerosos escritores argentinos que pueden representar acabadamente un horizonte común de ideas, sin el mesianismo autoritario que hoy aqueja al Vargas Llosa de los círculos mundiales de la derecha más agresiva (aunque so pretexto de liberalismo), que diferenciamos del Vargas Llosa novelista, que mantiene viva su sensibilidad como autor de grandes ficciones del realismo histórico-social. Lo invito a que reconsidere esta desafortunada invitación que ofende a un gran sector de la cultura argentina y que junto a las respectivas comisiones directivas de la Fundación El Libro determine que la conferencia de Vargas Llosa –que podríamos escuchar con respeto en la disidencia- se realice en el marco de la Feria pero al margen de su inauguración, y que para este evento inaugural, como es costumbre, se designe a un escritor argentino en condiciones de representar las diferentes corrientes artísticas y de ideas que se manifiestan hoy en la sociedad argentina.
Afectuosamente, Horacio González.
Director de la Biblioteca Nacional 



Segunda:
Sr. Gustavo Canevaro
Presidente de la Fundación El Libro
Sr. Carlos de Santos
Presidente de la Cámara del Libro
La carta que les escribiera en torno a la presencia del escritor Mario Vargas Llosa en la Feria del Libro ha recorrido su largo camino matutino en múltiples notas periodísticas y radiales, de las cuales extraigo la idea de que estamos ante un debate complejo en torno a los compromisos literarios y políticos. He percibido que la discusión corre el riesgo de ser presentada como una vía para limitar la palabra de un escritor, que siempre leímos como el buen novelista que es, y cuestionamos como especial promotor de interpretaciones inadecuadas sobre la política y la sociedad argentina. No era aquél su sentido sino el de resguardar la Feria del Libro como ámbito de múltiples voces, procurando que la calidad de las mismas predomine por sobre las inscripciones políticas inmediatistas.

Esta mañana he recibido un llamado de la Sra. Presidenta de la República en el sentido de afirmar la sustancia, la forma y la pertinencia del debate democrático en todos los planos de su significación. En ese sentido me ha pedido, en mi carácter de director de la Biblioteca Nacional, retirar la carta que anteriormente les he enviado, en la que proponía que el Sr. Vargas Llosa diera su conferencia, pero no en carácter de acto de inauguración de la Feria. La Sra. Presidenta me hizo conocer su opinión respecto de que esta discusión no puede dejar la más mínima duda de la vocación de libre expresión de ideas políticas en la Feria del Libro, en las circunstancias que sean y tal como sus autoridades lo hayan definido. Tal como me lo ha expresado, no es concebible la vida literaria y el compromiso con la ensayística social sin un absoluto respeto por la palabra de los escritores –o de cualquier ciudadano–, cualquiera sea su significación o intención. Les escribo comunicándoles este diálogo con la Presidenta en la certeza de que estamos comprometidos en toda discusión que sirva para dar más cualidades a la vida democrática, como este intercambio de cartas también lo certifica.

Atentamente
Horacio González
Director de la BibliotecaNacional
.                                                                                                                                                      


2) Artículo de Vargas Llosa:
http://www.lanacion.com.ar/1357024-piqueteros-intelectuales


4) Discurso del Nobel de Literatura en la Feria del Libro:
http://www.lanacion.com.ar/1367577-una-oda-a-la-libertad-y-los-libros
5) Entrevista a Vargas Llosa en Página 12:

6. Entrevista al intelectual peruano en Perfil:
http://www.perfil.com/contenidos/2011/04/24/noticia_0019.html

viernes, 15 de abril de 2011

Viñas o los últimos argentinos del siglo XX


Las cenizas del escritor David Viñas fueron esparcidas en el Río de la Plata el pasado 24 de marzo, fecha en que se cumplía el 35 aniversario del comienzo de la dictadura que arrojó a sus aguas a muchos desaparecidos y asesinados. El narrador y crítico argentino había manifestado ese deseo: dos de sus hijos, los militantes políticos María Adelaida (22 años) y Lorenzo Ismael (26 años), desaparecieron durante el régimen militar (1).

Ese signo trágico de los muchos sembrados por la dictadura también alcanzó a Viñas, cuya muerte en Buenos Aires a los 83 años fue valorada por un grupo muy amplio de la intelectualidad argentina, de diferentes generaciones, como la pérdida de un referente que enseñó a leer la literatura argentina de otra manera. Viñas será recordado en la Feria del Libro que comienza en Buenos Aires el 20 de abril y ya fue homenajeado en Facultad de Filosofía y Letras de la que fue profesor y en la Biblioteca Nacional en un acto en el que se refirieron a su obra escritores y críticos como Noé Jitrik, Beatriz Sarlo o Ricardo Piglia, entre otros. “Muchos le debemos mucho”, señaló el novelista Martín Kohan, quien subrayó ese sentido de deuda intelectual como el sentimiento predominante provocado por el fallecimiento del escritor.
DAVID VIÑAS
La literatura argentina leída de otra manera.

Abrir caminos. Viñas: un autor fundamental, irrepetible, una ambición literaria totalizadora pero atenta a la singularidad, un crítico y polemista tenaz, contradictorio y apasionado, un profesor originalísimo, un narrador de Buenos Aires, creador de una inflexión lingüística propia, un hombre de la izquierda argentina en sus diversos avatares.

La obra de Viñas atravesó el siglo veinte del país, y en particular su literatura, por aquellos sitios en los cuales había una posibilidad de abrir caminos y miradas nuevas en relación con lo dado en los años cincuenta: la canonización de Sur como punto culminante de la cultura argentina abierta a las luces del siglo, el cansado realismo de la novelística vigente, una indagación a fondo del país cuya última estación había sido la obra de Ezequiel Martínez Estrada.

Como mirada nueva, no todos sus instrumentos fueron infalibles, aunque la voraz aproximación de Viñas a la literatura argentina (inseparable, en su interpretación, de círculos de sentido más amplios, que abarcaban la historia social y política del país) y su capacidad y sagacidad analíticas casi siempre lograban lecturas estimulantes.

Fundador en 1953, junto con su hermano Ismael, de la revista Contorno, en la que publicaron escritores de su generación inspirados en el marxismo y el existencialismo, Viñas colabora allí con sus escritos hasta 1958. La revista, influenciada por los parámetros que trazara Jean-Paul Sartre en ¿Qué es la literatura? (1948), marcó también una divisoria con el pasado y tuvo influencia en un grupo destacado de intelectuales, desde León Rozitchner a Oscar Massota o Juan José Sebreli, que más adelante tomarían caminos intelectuales y políticos diversos.
Había llegado a esa experiencia  de ruptura después de su formación juvenil en un colegio de curas y en el liceo militar, de donde fue expulsado, vivencias ambas que reaparecen en parte de su obra narrativa. Uno de sus abuelos participó en la conquista del desierto y ese extermino del indio resuena en la obsesión del Viñas ensayista  acerca de la frontera: social, corporal, ideológica.

Hijo del juez yrigoyenista Pedro Ismael Viñas y de Esther Porta, fallecida prematuramente y descendiente de una familia que como tantas huía de la persecución contra los judíos de Odessa, Viñas se aboca desde la época de Contorno a desentrañar el cruce entre liberalismo del XIX, oligarquía y violencia, fundante en el país, y el modelo de escritor “burgués” cuyas obras escudriña con amplitud y asombroso registro textual.

El revés de la trama. El repaso de la obra crítica de Viñas, desde La crisis de la ciudad liberal (1963) y su inaugural y fértil Literatura argentina y realidad política (1964) a De Sarmiento a Cortázar (1971), Grotesco inmigración y frontera (1973), Indios, ejército y frontera (1979), De Sarmiento a Dios (1998), además de la dirección de una historia de la literatura argentina, traza un surco de lectura en el que las obras son indagadas desde el revés de la trama, una forma de abordaje que contribuyó a la formación de varias generaciones de lectores argentinos.

El escritor en la época de Dar la cara (1962)
La novelística arrancó en 1955 con Cayó sobre su rostro, y siguió con, entre otras, Un dios cotidiano (1957),  Los dueños de la tierra (1958), Dar la cara (1962), Hombres de a caballo (1967), o Cuerpo a cuerpo (1979), escrita en el exilio. Un conjunto dispar, animado siempre por una escritura de raro énfasis, capaz de trabajar el habla de los personajes con la misma minucia y respiración que la prosa del narrador.  Dos veces recibió el Premio Nacional de Literatura, por Dar la cara y por Jauría (1971).

Viñas escribió además varios guiones para el cine, El jefe (1958) y El candidato (1959), películas dirigidas por Fernando Ayala, y La Patagonia rebelde (1974), del realizador Héctor Olivera. Y en su obra como dramaturgo asomó más explícitamente la preocupación por los personajes de la historia: Lisandro (1972), Tupac Amaru (1973) o Poder, apogeo y escándalos del coronel Dorrego (1986).

Con cercanía lúcida, la ensayista Beatriz Sarlo dice de Cuerpo a cuerpo: “Basta hojearla para descubrir un texto extremo, fuera del mercado, fuera del horizonte de los lectores: pura literatura, cuando la literatura es pura precisamente por no serlo, por tragarse todo: ideología, política, sexualidad, perversión, violencia. Pura literatura que busca contaminarse con todo”. Una observación que podría ampliarse al camino experimental que el Viñas narrador emprende desde entonces, pasando por Prontuario (1993) y Claudia conversa (1995)  hasta llegar a su última novela, Tartabul (2006).

“Era el libertario orden de la ciudad secreta, que veía como la prolongación de su cuerpo, con la idea de que tener un cuerpo es tener un estilo”, señala el ensayista Horacio González. “Entidades macizas, la historia, las clases sociales, la política, el teatro, los amores, a todo lo sometió a una investigación sobre el estilo, o sea, al modo en que los hombres escriben en su charla los signos de su sobrevivencia o de su muerte”.

El escritor Luis Gusmán alude por su parte al lugar de esa obra: “La escritura de Viñas era una escritura de fronteras, estaba siempre expuesta a la intermperie, tenía el ruido del malón y la soledad del desierto. En lo urbano, se ocupó del sainete y del cocoliche, otra forma del ruido y de la marginación”.

A contrapelo. Tartabul o los últimos argentinos del siglo XX es la narración final,  “cima joyceano criolla”, según el escritor  Guillermo Saccomanno: fragmentos del habla a través de seis personajes descentrados, de los que el escritor  decía, en una entrevista realizada a propósito de la publicación del libro (Página 12, Silvina Friera): “Mis personajes son una colección de heterodoxos, de tipos a contrapelo, que te diría es la única gente que me interesa. Quiero recuperar el contrapelo que había en los años setenta, la gente que se obstinaba con la disconformidad, los que decían: `Esto así no me convence, hay que buscar una alternativa´. Son personajes anti-rutina, porque han resuelto vivir a contrapelo de su comodidad. Obstinarse en eso me parece que es lo que vale la pena”.

Polemista constante, Viñas sometió a su análisis a las figuras emblemáticas, de Sarmiento a Cortázar o Borges. Sobre este último, señaló así un fenómeno derivado de su obra: “No es tanto ya la producción de Borges, sino el borgismo, que es una especie de sociedad anónima que se ha encargado de obliterar, congelar toda la situación de la producción literaria y cultural”.

En una reedición de Literatura argentina y política (Santiago Arcos editor, 2005), el autor agrega a ese libro un ensayo final,  Rodolfo Walsh, el ajedrez y la guerra. Allí dice: “Si recorremos por última vez la cartografía de la literatura argentina a partir de sus contradictorias relaciones con la política y el Poder se podría ir formulando —al evaluar las diversas prácticas de Walsh— una suerte de ecuación: a mayor criticismo y heterodoxia, mayor riesgo de sanción. El típico estar fuera de lugar de los escritores heterodoxos de la Argentina al estilo Martínez Estrada debería traducirse aquí como un réquiem o un epitafio”.
Una pasíón por la palabra mantenida hasta el final.

Núcleos de cada tema. Viñas vivió exiliado durante la dictadura militar cerca de Madrid, en El Escorial, y posteriormente en México. En España publicó el libro ¿Qué es el fascismo en Latinoamérica? y en ese país recibió la noticia de la desaparición de los dos hijos que tuvo con María Adelaida Gigli. Dio clases en Alemania, Dinamarca y EE UU. En 1981 se trasladó a México, donde desarrolló trabajos editoriales  y fue cofundador del sello Tierra del Fuego, hasta que volvió a Argentina en 1984 con el restablecimiento de la democracia; ese año reasumió la cátedra de Literatura Argentina en la Universidad de Buenos Aires.

Desde entonces hasta el final, junto a logros literarios indudables y pese a desmesuras e imposibilidades críticas, asoma un legado intelectual y una figura de gestos característicos.  Como el de subrayar textos, libros, diccionarios, periódicos, otro signo de su amor por la palabra. Para esto: “Subrayar para mí es la posibilidad de memorizar lo que voy leyendo, e incluso es una forma de buscar cuáles son los ejes de cada problema, tratando de hacer una síntesis y hallar los núcleos de cada uno de los temas”.

Como la de otros escritores de su generación, la impronta de Viñas abarcó toda una época, y probablemente se fue apagando con el cambio de siglo. Mantuvo sin embargo una obsesión por el sentido del mundo, de raigambre marxista, una pasión argentina ajena al nacionalismo, una independencia de los poderes oficiales, y reclamó hasta el final “más análisis político” a sus pares frente a la actualidad, conservando su “margen de discrepancia”. 

Hace cinco años le preguntaron si temía a la muerte. Y dijo: “Más que a la muerte le temo al deterioro. La muerte ¡paf! Y al otro lado. Cuando se suicida Horacio Quiroga, una mujer, Alfonsina Storni, dijo: `Bien por tu mano firme´. Firme. Y firme me muero. Está bien, viejo. Hice lo mío”.

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(1) “Es una casualidad que David Viñas haya muerto días antes del 24 de marzo –el 10— pero no lo es que sus cenizas vayan al río hoy, aniversario del golpe. El lugar elegido tampoco es casual: será a la altura del Parque de la Memoria” (Patricia Kolesnicov, Clarín, 24/03/11).


"Viñas, un intelectual irreverente", film de Pablo Díaz:












martes, 5 de abril de 2011

Buenos Aires enciende sus luces

Marzo en Buenos Aires: fin del verano austral. Comienza la nueva temporada. La ciudad va encendiendo las luces de su vitalidad cultural, animada por decenas de iniciativas surgidas de un entramado social que expresa en ellas inquietudes, interrogantes, problemas y propuestas de esta zona del mundo y en esta esquina inicial del siglo.


Teatro antes que nada. La tradicional amplitud y diversidad de la escena teatral argentina sigue este año a la altura de sus antecedentes: dispersas por distintos barrios de la ciudad, las salas albergan el trabajo de actores y actrices de distintas generaciones que a menudo participan en la creación de los espectáculos. No es extraño que en cada una de las obras pueda verse al menos uno o más trabajos individuales excelentes.


Además de los teatros comerciales y de las salas oficiales, que suelen dar obras de repertorio, en los recintos más diversos un compacto grupo de dramaturgos-directores y de actores y actrices de talento son los que mantienen alto el listón y formulan las propuestas más originales. A saber: Mauricio Kartun (Ala de criados), Ricardo Bartís (El box), Alberto Ure (La familia argentina, dirigida por Cristina Banegas), Rafael Spregelburd (Todo, que acaba de verse, con otro elenco,  en el teatro Lliure de Barcelona), Javier Daulte (el díptico Vestuarios: de hombres y de mujeres), Claudio Tolcachir (Tercer cuerpo) o Rubén Szuchmacher (que pronto repondrá Las reglas de la urbanidad en la sociedad moderna). Entre otros.

EL BOX, segunda parte de la trilogía deportiva
 integrada por LA PESCA Y EL FUTBOL.
Sportivo Teatral, dirigido por Ricardo Bartís

LA FAMILIA ARGENTINA,  estreno de la única obra teatral
escrita por el director Alberto Ure en los años ochenta.
Directora: Cristina Banegas.

ALA DE CRIADOS, libro y dirección de Mauricio Kartun.
















Música y conflicto. En el campo de la música clásica, el comienzo de la temporada tuvo dos caras. El reciente y espléndidamente remodelado Teatro Colón la inició estos días con una “versión” de El gran macabro, de György Ligeti, una de las óperas emblemáticas del siglo XX, cuya música original no fue interpretada por la Orquesta Estable del teatro –que está en conflicto por condiciones salariales y de trabajo con la dirección del mismo— sino muy parcialmente por un pequeño grupo de seis intérpretes, conducidos por el director suizo Baldur Brönnimann. La espectacular puesta en escena de esta obra maestra del compositor húngaro (1923-2006) pertenece a Alex Ollé y Valentina Carrasco, y tiene la impronta de La Fura dels Baus. Tras la polémica generada por el comienzo de la temporada en estas condiciones, las funciones se presentan como “ensayo abierto” y el teatro no cobra entradas a las mismas.

EL GRAN MACABRO, versión de la ópera de György Ligeti
ofrecida en el Teatro Colón en un montaje de La Fura dels Baus.
La falta de resolución de este largo conflicto había impedido, días antes, la actuación en el Colón del tenor Plácido Domingo, que sin embargo pudo dar un masivo recital gratuito de tres horas, con el coro y la orquesta sinfónica del teatro, acompañado por la soprano argentina Virginia Tola, en plena avenida 9 de Julio, a pocos metros del Obelisco porteño. Unos 22.000 espectadores sentados y varias decenas de miles más de pie, fuera de la zona reservada que ocupaba más de dos calles, escucharon entusiasmados la actuación del cantante español, que fue televisada en directo.


PLACIDO DOMINGO canta antes miles de personas
 al lado del Obelisco de porteño.

EL TENOR ESPAÑOL, en un momento de su recital
de tres horas de duración.













La semana próxima dará un recital de piano solo en el Colón el extraordinario intérprete norteamericano Keith Jarrett, un músico de jazz formado en los grupos del baterista Art Blakey y del trompetista Miles Davis y en la estela pianística de Bud Powell y Bill Evans. La sesión de Jarrett en el Colón promete ser una de sus habituales jornadas de improvisación al piano sin un plan prefijado, arropado por un público que también aquí se promete muy nutrido. Los tres volúmenes de Standars de Jarrett ya están incorporados a la historia del jazz, pero el intérprete también ha grabado discos de musica clásica: Bach, Haendel, Shostakovich.


KEITH JARRETT,  leyenda del jazz en el Colón.

En el terreno de la música de la ciudad, en marzo se celebró el 90º aniversario del nacimiento del bandoneonista y compositor Astor Piazzolla (1921-1992) con actos y recitales tanto en su ciudad natal –Mar del Plata— como en Buenos Aires, donde cada fin de semana el Sexteto Mayor repasa con artistas invitados partes sustanciales de su obra en la sala Torcuato Tasso. Un recuento de los estudios dedicados en los últimos tiempos al artista --entre ellos: Piazzolla, el mal entendido, de Diego Fischerman y Abel Gilbert (Edhasa, 2009)--, de su discografía y de la influencia del compositor en los autores de hoy definen el interés permanente que –en el ámbito local e internacional— despierta la obra musical piazzolliana, su elaborado trayecto desde el tango a la música de nuestro tiempo.

ASTOR PIAZZOLA

Cine independiente. El miércoles 6 de abril empieza la 13ª edición del Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente (BAFICI), un acontecimiento anual que exhibe en once días alrededor de 320 largometrajes y un centenar de cortos en recintos diferentes, y para el cual las entradas se agotan una semana antes de su inicio.


Tanto películas consagradas  en festivales internacionales recientes como una gran variedad de propuestas prácticamente inéditas, además de una nutrida representación de cine de directores argentinos, debates y ciclos especializados, cubren un panorama que ya es una cita clásica para los aficionados al cine, muchos de ellos muy jóvenes.


El papel de las artes. En cuanto a las exposiciones de pintura, obra gráfica, escultura y fotografía, el panorama iniciado en marzo es nutrido y de una destacable calidad. El Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba) (1) arrancó su décimo aniversario con la muestra temporal Papeles modernos (de Toulouse-Lautrec a Picasso), que exhibe 85 obras realizadas en papel pertenecientes a la colección del Museo Nacional de Bellas Artes, fundado en 1896. Además de su colección permanente, el Malba vuelve a mostar  cerca de cincuenta fotomontajes excepcionales de Grete Stern, Los sueños, ya exhibidos el año pasado.


En la Fundación Proa (2), situada en el barrio de la Boca,  puede verse actualmente y hasta el mes de junio una singular exhibición de 75 obras de la escultora francesa Louise Bougeois (1911-2010): El retorno de lo reprimido. Esta primera retrospectiva amplia de Bourgeois en Argentina está destinada –por la originalidad y la naturaleza de la muestra— a ser uno de los centros de atención de la temporada.


LOUISE BOURGEOIS. La enorme araña Maman, en la entrada
 de la Fundación Proa, que ofrece una amplia restrospectiva de la artista francesa.

En el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires (3), reinaugurado el pasado mes de diciembre, se exhiben obras del arte argentino desde 1920 hasta la actualidad, parte de una amplia colección en la que figuran, entre muchos otros, trabajos de Tomás Maldonado, Julio Le Parc, Manolo Millares, Emilio Renart,  Gyula Kosice, Alberto Greco o Joseph Albers. El Museo Nacional de Arte Decorativo, por su parte,  alberga un excelente conjunto de grabados y dibujos de Paula Modersohon-Beker y de varios artistas del fin de siglo XIX alemán, integrantes del grupo de Worpswde. Y el museo dedicado a la obra del artista argentino Xul Solar (4) anuncia por su parte para el 20 de abril una muestra dedicada a la relación entre este pintor singular y Jorge Luis Borges. Además de la actividad museística, también las galerías de arte van realizando sus primeras inauguraciones del año, como la reciente de ArtexArte (5), que exhibe entre varias muestras e instalaciones el excelente ensayo visual Oxígeno cero, del grupo Sub (cooperativa de fotógrafos). 

También de fotografía es la principal muestra del Centro Cultural Recoleta (6):  se trata de una amplia muestra de imágenes a través de un siglo y medio de historia argentina, con testimonios originales fruto de un trabajo de relevamiento entre 1.200 imágenes coordinado por Felicitas Luna. De ellas, un centenar integran la muestra, cuya curadora (comisaria) es Diana Wechsler. En el recorrido de Imágenes e historias (Argentina 1848-2010. Fotografía documental y artes visuales) --que reúne momentos clave de la crónica social del país, retratos y escenas de la vida cotidiana— el contrapunto son los espacios reservados a la pintura, donde hay obras de Clorindo Testa, Enio Iommi, Xul Solar o Emilio Pettoruti. La muestra --250 imágenes documentales y 52 piezas artísticas-- se enmarca en el proyecto de la Fundación Mapfre de realizar una Historia de América Latina, dirigido en Argentina por el historiador Jorge Gelman.

IMÁGENES E HISTORIAS, un siglo y medio de fotografía documental argentina.

La originalidad de muchas de las fotos procede de la curiosa modernidad que muestran en su enfoque incluso las tomadas a comienzos del siglo XX y del hecho de que algunas de ellas proceden del archivo personal de los fotógrafos y han sido pocas veces mostradas anteriormente.

Las novedades literarias, por su parte, están en las numerosas y bien nutridas librerías porteñas y se integrarán a finales de abril en la enorme Feria del Libro de Buenos Aires, una cita que cada año congrega multitudes.

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(3) Museo de Arte Moderno de Buenos Aires:

(4) Museo Xul Solar: